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sábado, 28 de marzo de 2015

Detective Cristina García. El misterio de la desaparición de las reliquias


El día 12 de noviembre de 2014 a las 10,30 horas de la mañana, recibo en mi oficina la visita del Comisario de policía y de su ayudante solicitando mi colaboración para  esclarecer el robo de las reliquias de Sta. Teresa. Dicen no tener pista alguna y me entregan una lista de sospechosos.
Les digo que para aceptar el encargo necesito conocer todos los detalles. Están de acuerdo y me explican que no es del todo cierto lo contado  por los medios de comunicación; que lo verdaderamente cierto es que han desaparecido las reliquias pero que no se sabe cuando, pues el ladrón ha sustituido estas por réplicas hechas en cera y puede haberlo hecho de forma escalonada a lo largo del tiempo.
Dicen que el engaño, ha sido descubierto en el convento de Ronda, donde las monjas cambiaron de ubicación la reliquia y la pusieron al lado de dos focos halógenos, para que  así, estuviera más visible durante el  próximo centenario; pero cual no sería su sorpresa cuando observaron como la reliquia se deformaba y empezaba a derretirse como consecuencia del calor de los focos. Ante tal circunstancia se dio aviso a todos los lugares que guardaban reliquias para que comprobasen si eran las auténticas o  habían sido cambiadas por réplicas.
Les digo que acepto el caso. Examino la lista de sospechosos y los motivos que hacen sospechoso a cada uno, pero lo primero es comprobar el contenido del sepulcro que contiene los restos de Santa Teresa en Alba de Tormes. Para ello debo ponerme en contacto con la Duquesa de Alba y con el Superior General de la Orden de los Carmelitas, así como con la Casa Real y con la Priora del Convento de Alba.
Mientras logro contactar, decido iniciar mis pesquisas entrevistándome con la Priora del Convento de San José. Cuando llego a la placita donde esta el convento, el sol esta ocultándose ya. Empujo la puerta, entro al zaguán y llamo al torno. Me preguntan desde el otro lado que es lo que quiero. Me presento como detective y digo que me gustaría tener una conversación con la Priora. Me dicen que con mucho gusto pero que debo esperar un rato, pues están en vísperas. Espero sentado al lado de la reja hasta que oigo unos pasos y una voz desde el otro lado me da las buenas tardes. Es la Priora.
Tras presentarme, le pregunto que como y cuando se había dado cuente de que la reliquia no era la verdadera. Dice que cuando le llamó la policía para alertarla de lo que había ocurrido en Ronda, y le pidió que comprobara la que allí había, que la rascó un poco con la uña y vio que era de cera.
Le pregunto si alguien ha tenido acceso al interior del convento últimamente; dice que no, a no ser unos albañiles que estuvieron haciendo algunas reparaciones en los tejados el pasado verano, pero que no sospecharía de ellos puesto que son de confianza y son los que hacen los trabajos en todos los conventos de la Orden.
Le pregunto que por que creé que han robado esa reliquia y no otra cosa de valor del convento; a lo que me contesta no entenderlo pues hay varias piezas como un cuadro, alguna estatuilla y un cáliz de plata, que han sido catalogadas como muy valiosas por el Director de los Museos Vaticanos en su última visita, y que incluso se estaba barajando la posibilidad de que fueran trasladados a Roma.
Agradezco la colaboración de la Priora y me despido. Cuando salgo, la luz de un farol intenta romper la oscuridad de la placita que cruzo a buen paso.
A la mañana siguiente contacto a través de la policía con la Casa Real. Pregunto por la llave del Sepulcro  y me dicen tenerla a buen recaudo y que el actual Rey Felipe VI la había recibido de su padre D. Juan Carlos I, tras la ceremonia de coronación, con la  presencia y colaboración de la representación religiosa enviada por la Santa Sede.
Les explico que necesitaría la llave para junto con las otras abrir el sepulcro. Me contestan que no habría problema en hacérmela llegar, con un emisario, cuando la necesitara.
Les pregunto que si pueden decirme quienes formaban la representación de la Santa Sede, a lo que me contestan que ahora mismo no lo recuerdan, que consultarán los  libros de audiencias y recepciones y que me enviarán los nombres en un sobre junto con la llave, a través del emisario.
Aún no era media mañana, demasiado pronto para llamar a la Duquesa, y el Superior General de la Orden de los Carmelitas, no acaba nunca de despachar asuntos  antes de las doce. Era el momento de bajar a desayunar. Cogí el abrigo y la bufanda del perchero y bajé las escaleras poniéndome los guantes. Tras el último chirrido de las maderas de aquellos escalones, un aire puro y frío acarició mi rostro. Caminé hacia la derecha, calle arriba, buscaba una cafetería concurrida del centro.
Estaba dando buena cuenta  de mis tostadas y mi café con leche cuando un correo electrónico llegó a mi teléfono. Era el Secretario General de la Orden de los Carmelitas, que respondía al que yo le había enviado a primera hora; me decía que viajaba esa tarde desde Roma hasta Madrid y que mañana estaría en el Convento de los Carmelitas Descalzos de Ávila, que traía consigo las tres llaves y que tenía previsto hacer la peregrinación “De la cuna a la Sepultura” por los caminos que pisó Santa Teresa, para pedir sus favores e intercesión para que este asunto se resolviera favorablemente. Me invitaba a hacer el camino con él.
Volví a mi oficina, encendí el ordenador y contesté al E-mail del Superior de los Carmelitas diciendo que sería un honor acompañarle en esa peregrinación. A continuación tomé  el teléfono y marqué el número del palacio de Doña Cayetana. Me dijeron que la Duquesa estaba muy consternada por lo sucedido; que debido a su avanzada edad sería su hijo mayor quien nos prestaría todo la ayuda y colaboración en este asunto, pues estaban muy agradecidos con la Santa Sede después  del  trabajo  de estudio y catalogación de las obras de arte de la familia, que había llevado acabo el Director de los Museos Vaticanos.
El día siguiente amaneció claro y luminoso, pero frío y seco como acostumbra en Ávila. Eran la ocho y media de la mañana cuando llegué  a la iglesia de la Santa, en ese lugar estuvo en otro tiempo la casa de Santa Teresa y el patio donde jugaba con su hermano Rodrigo. A la entrada de la iglesia encontré a un fraile, alto y fibroso, de piel y ojos claros, envuelto en un hábito marrón con capucha. Calzaba unas sandalias abiertas, echas de tiras de cuero que dejaban ver unos pies curtidos y unos dedos fuertes.
Después de presentarnos iniciamos la marcha en la que recorreríamos unos veinticuatro kilómetros hasta llegar a Gotarrendura. 
Tras cruzar el río llegamos a los Cuatro Postes. Echamos una mirada atrás, vimos como la escarcha aún no se había retirado de los tejados y proseguimos con ánimo la marcha pues, lo mejor estaba por llegar. Nuestra conversación giraba entorno al viaje y las incidencias del vuelo del día anterior. Ambos pensábamos que ya habría tiempo de hablar de las reliquias. Al cabo de un rato y sin darnos cuenta, el silencio se había apoderado de nosotros y así llegamos a Gotarrendura, localidad en la que se casaron los padres de Santa Teresa y donde ella pasó temporadas de su infancia. Después del almuerzo el Superior de los Carmelitas se retiró a hacer sus oraciones y yo decidí visitar un palomar del que cuentan que fue propiedad de la familia de la Santa.
A la Mañana siguiente iniciamos camino hacia Fontiveros. Nos esperaban veinticuatro kilómetros por caminos de tierra, entre parcelas de labor donde se cultivan cereales. Llegamos a Fontiveros a mediodía. Bordeamos la laguna que hay a la entrada, donde cuentan jugaba San Juan de la Cruz de niño y nos dirigimos a la plaza a visitar la estatua del Santo. El Carmelita se marcho al convento de las monjas y yo fui a la fonda  a degustar un buen  cocido  sanjuaniego. La tarde la emplee visitando la iglesia de estilo mudéjar que hay en la localidad.
La tercera de las etapas nos llevaría hasta Duruelo, donde San Juan de la Cruz inicio la Reforma masculina de la Orden del Carmelo. El tiempo seguía seco y soleado pero frío. Llevábamos andado la mitad del camino, cuando el Superior de la Orden Carmelita me preguntó si tenía alguna pista. Le contesté que podría tener alguna pero que era pronto. Aproveché para preguntarle por las llaves y me dijo que las llevaba colgadas al cuello con un cordel, que era un poco despistado y que su amigo el Director de los Museos Vaticanos, le había aconsejado que las llevara así para no perderlas. Dice que en su despacho de Roma las guarda en una vitrina.
Al día siguiente emprendimos la penúltima etapa que nos llevaría hasta Tordillos, localidad a la que se trasladó en su tiempo, la primera comunidad de frailes de Duruelo. De allí fuimos hasta Peñaranda de Bracamonte, donde hicimos una visita  al Convento de la MM. Carmelitas. Allí se quedaría el Superior General, yo visito el Museo de Arte Napolitano y espero con impaciencia la llegada del día siguiente. Será la última etapa y nos llevará hasta el sepulcro de Santa Teresa en Alba  de Tormes.
Iniciamos la andadura de la última etapa en silencio. Zancada a zancada íbamos devorando el camino. El cielo estaba limpio de nubes, el aire era muy frío esa mañana. Los hierbajos y cardos secos de la cunetas aún seguían escarchados. A lo lejos, en el horizonte de la llanura,  empezó a divisarse una torre, a la que parecían ir dos grajos que pasaron volando sobre nuestras cabezas. Cuando llegamos a Alba nos dirigimos a la iglesia  y convento de las Carmelitas. Allí, en al explanada, nos estaba esperando el hijo mayor de la Duquesa.  Acto seguido llegó un coche oscuro en el que viajaba el representante de la Casa Real.  Me hizo entrega de un estuche que contenía la llave, y de un sobre. Guarde el estuche en el bolsillo, abrí el sobre  y leí los nombres escritos en el papel. “Vaya, vaya…” pensé.
-¿Alguna novedad?- Me pregunto el Superior General.
-No, no, nada. Vayamos al encuentro de la Priora.- Dije yo.
Una vez con la Priora, esta nos acompañó hacia el sepulcro. En el recorrido, me llamó la atención un tapiz que colgaba de la pared. -Es una verdadera joya- me dijo la priora que había notado mi interés. Me dijo que estaba hecho en Brujas y que, como una obra  de gran valor, la habían catalogado los entendidos de Roma.
Cuando llegamos ante el sepulcro, nos miramos unos a otros. Primero fue la Priora la que introdujo sus llaves en las cerraduras, después el hijo mayor de la Duquesa, a continuación el Superior General y después, yo introduje la correspondiente a la Casa Real. Fuimos girando todas, una a una. Esperamos unos instantes y tras cruzar de nuevo nuestras miradas, entre los cuatro levantamos  y retiramos la tapa hacia un lado. Lo que vimos nos llenó de asombro. Allí descansaba el cuerpo de la Santa, pero al completo. Sí , al completo. El cuerpo había sido reconstruido uniendo a los restos todas las reliquias, el brazo, la mandíbula, la mano, el dedo, el corazón etc.
Cuando salimos de nuestro asombro decidimos guardar el secreto por el momento y volver a cerrar el sepulcro. En el fondo estábamos contentos, pues las reliquias no se habían perdido.
Mi alegría era quizá mayor. Tenía un pista fiable de quien podría estar detrás de todo aquello.  Comparto mi hipótesis con el Superior General y decidimos mantener todo en secreto.

El hijo de la Duquesa nos traslada en su coche al aeropuerto. Por el camino llamo al Comisario de Policía y le pido que necesito que tome una muestra de la cera de cada una de las réplicas y las envíe al laboratorio para su estudio. Me contesta que entonces mismo pone a sus hombres a trabajar en el asunto y que en pocas horas estará hecho.
El avión llegó a Roma al atardecer. El Superior General me había buscado alojamiento en un hotel próximo al Vaticano. Me informó también de que el Director de los Museos Vaticanos estaba de viaje y que no  regresaría hasta pasado mañana. Le dije que pasaría el día visitando los Museos y me facilitó un pase especial y un acompañante que  haría de guía.
A la mañana siguiente me dirijo a los Museos Vaticanos, se habla de ellos en plural pues en realidad son varias salas que han ido ampliando e incorporando los papas de los últimos cinco siglos y que contienen colecciones artísticas desde el antiguo Egipto hasta el siglo XX. También forma parte de los mismos la Capilla Sixtina y otras salas visitables del Vaticano. Comienzo la visita por la Pinacoteca Vaticana que cuenta con dieciocho salas y con mas de cuatrocientas obras. Contemplo obras de Rafael y de Leonardo de Vinci. Después visito la colección de arte religioso contemporáneo con sus cincuenta y cinco salas y ochocientas obras, entre ellas algunas de Matisse y Van  Gogh. 
También visito el museo Pío-Clementino, con sus doce salas dedicadas a esculturas griegas y romanas, allí veo El Laoconte. Por fin llego a la Capilla Sixtina, que se ha convertido en el principal atractivo turístico, la afluencia de visitantes es muy grande, dejan poco tiempo para verla. En su interior se respira historia, allí es donde se reúne el conclave para elegir nuevo papa y donde se prenden las fumatas. Sus techos y paredes están decoradas con frescos pintados por Miguel Ángel, que representan el juicio final y la creación de Adán. Es algo verdaderamente grandioso. La visita me impresiona.
Pregunto a mi guía si existe algún taller de restauración en los museos. Me dice que sí, que casi todos los sótanos del los museos son talleres de conservación y restauración, que si estoy interesado en verlo que me acompaña.
Bajamos a los sótanos y entramos en el taller. En una zona hay cuadros, en otra tapices, en otra esculturas etc. Me llama la atención que algunas partes de esculturas están repetidas e incluso triplicadas. Me dice mi guía, que antes de ponerse a trabajar con la pieza original, se hace una reproducción en cera, para así poder conservar un modelo de cómo era la pieza, así, en caso de que ocurra algún daño irreparable poder volver a reconstruirla. Observo un recipiente que contiene fragmentos de esculturas hechos en cera y me dice el guía que esos trozos ya no valen y que van a ser fundidos para emplear la cera de nuevo. Le digo que me gustaría llevarme un trozo de recuerdo y me da un pedazo que debía ser de una oreja.
Salgo de los Museos Vaticanos. Cruzo la Plaza de San Pedro y voy a la policía. Les entrego la oreja, les explico lo que ocurre y les digo que la envíen a su laboratorio y que los resultados del análisis los envíen vía telemática a la policía española.
Ya solo queda esperar.
A media tarde recibo una llamada en el móvil, es el Comisario que me llama desde España. Me dice que todas las muestras de cera coinciden.  Que la cera tiene las mismas propiedades. Llamo al Superior General para decírselo y le  explico que según mi teoría el Director de los Museos Vaticanos ha utilizado la excusa de hacer inventarios de obras de arte en los conventos e iglesias para realizar réplicas de cera de las reliquias y sustituirlas por las originales. Que también ha tenido oportunidad de haber hecho réplicas de las llaves del sepulcro.
Quedamos que a la mañana siguiente iríamos a la policía. Así lo hicimos. Contamos lo ocurrido, nuestra averiguaciones y que había que  solicitar una orden de registro por que probablemente el Director de los Museos, guardaba en sus dependencias personales las replicas de las llaves del sepulcro.
Así se hizo y a las once de la mañana acompañados de la policía llamamos a la puerta de la residencia del Director de los Museos. Nos abrió una empleada de hogar que conocía al Superior General de visitas anteriores y nos invitó a pasar. Pedimos a los policías que nos esperaran a la entrada. El Director General nos recibió con una sonrisa, pero el Superior de los Carmelitas fue duro con él. Le dijo que no era una visita de cortesía, que creía que había traicionado su amistad , que traíamos una orden de registro y que buscábamos las copias de las llaves del Sepulcro de Santa Teresa; que si colaboraba, no pondríamos la casa patas arriba.
Se quedó estupefacto. Cuando  fue reaccionando, dijo que su intención no había sido robar nada, que él pensó que lo mejor para la Santa sería que descansara todo su cuerpo unido a la vez que los fieles seguían venerando sus reliquias. Dijo también que era cierto que había planificado visitas a conventos e iglesias para hacer réplicas de reliquias y llaves. También admitió haber hecho un molde de la llave del Rey el día de su coronación. Después retiró unos libros de una estantería que ocultaba un cajón y de allí sacó un estuche de madera que contenía las copias de las diez llaves del sepulcro, estas, hechas en plata. 
La policía  lo trasladó a la comisaría para tomarlo declaración y después lo llevaron ante el Juez, que ordenó que se restituyeran las reliquias a sus lugares y que se fundieran las llaves de plata.
En cuanto al Director General de los Museos Vaticanos, queda en libertad a la espera de que se celebre el juicio.

Detective Estela Rodríguez



                Aunque yo había nacido en Ávila, vivía y trabajaba en Madrid. Era la directora de la empresa de investigación Pista S.A.
Viajaba a Ávila cada vez que podía y conocía a muchas autoridades civiles y eclesiásticas. Por ello me habían elegido para formar parte del Comité Organizador del V Centenario del nacimiento de Santa Teresa.
En el Comité estábamos muy contentos pues nos habían confirmado que el Papa vendría a Ávila a celebrar la Eucaristía el día 28 de marzo; también visitaría Alba de Tormes.
                Nos dijeron que el Papa estaba preparando una sorpresa, pero que no se sabía si se podría realizar. Más adelante nos informarían.
                Esa noche tuve un sueño muy bonito: veía al Papa sobre un púlpito enorme pegado a la muralla, rodeado por muchos Obispos y Cardenales y había muchísimos fieles que seguían la misa. Algo ocurrió que me despertó, era el teléfono que no paraba de sonar. Eran las seis de la mañana del dieciocho de noviembre.
                Me llamaban del Obispado de Ávila y me pedían que fuera allí inmediatamente, que habían robado las reliquias de Santa Teresa de todos los lugares donde las custodiaban.
                Como era la mejor detective de España, me encargaron el caso. Tenía que encontrar las reliquias y detener a los ladrones.
                Compré el periódico en la estación y cogí el tren para Ávila. En el camino leí las noticias; hablaban de Cataluña y de que a la Duquesa de Alba la habían ingresado en un hospital de Sevilla. Pero la noticia más importante era el robo de las reliquias y la pena que sentían todos los cristianos del mundo.
Se habían dado cuenta del robo porque el Papa había preguntado por un relicario con el pie derecho de Santa Teresa que se encontraba en la Iglesia de Santa María della Scala en Roma y cuando fueron a por él no estaba.
La sorpresa que el Papa preparaba era la de juntar todas las reliquias de La Santa para traerlas a Ávila el día del Centenario.
Cuando empezaron a preguntar se dieron cuenta de que también habían robado las otras reliquias: la mandíbula que estaba en Roma, la clavícula del Convento de San José de Ávila, la mano izquierda de Lisboa, el ojo izquierdo y la mano derecha de Ronda, un dedo de la Iglesia de Nuestra Señora de Loreto en París, otro dedo de Sanlúcar de Barrameda… todas habían desaparecido.
También había robado al Superior general de la Orden de los Carmelitas Descalzos las tres llaves que tenía del sepulcro de Santa Teresa.
Este sepulcro se hallaba en la Iglesia de la Asunción de Nuestra Señora en Alba de Tormes. Se abría con diez llaves: las tres que habían robado, tres que se encontraban en esta Iglesia, tres que tenía la Duquesa de Alba y una que era custodiada por el Rey de España.
Como también habían robado el corazón y el brazo de Santa Teresa del Convento de Alba de Tormes, tenía que comprobar si habían abierto el sepulcro y se habían llevado el cuerpo.
Al encontrarme en Ávila, interrogué a las prioras de los conventos de La Encarnación y de San José y llamé por teléfono a Roma para hablar con el Superior general de la  Orden de los Carmelitas Descalzos y con el Director de los Museos Vaticanos, pero ninguno sabía nada.
Todos eran sospechosos pues estaban disgustados porque el cuerpo de La Santa estaba desmembrado. Todos querían tener el cuerpo completo.
Al día siguiente volví a Madrid y fui al Palacio de la Zarzuela, que es donde vive el Rey, y me dieran la llave que tenían.
Cogí el AVE a Sevilla para pedir las llaves que tenía la Duquesa de Alba. Esta había empeorado y la habían llevado al Palacio de Dueñas, que era una de sus casas.
Como la duquesa estaba muy enferma no pude hablar con ella. Sus hijos me dijeron que no podían darme las llaves, que esperase unos días para ver cómo evolucionaba la enfermedad de la duquesa.
Esto me hizo sospechar. Que no pudiera interrogar a la duquesa era normal, pero tampoco les hubiera costado mucho tiempo darme las llaves.
Cuando salía del palacio me encontré con el marido de la duquesa. Le di ánimos y le conté lo de las llaves. A pesar del dolor que sentía, me llevó a una habitación y me entrego un arca diciendo que contenía las llaves, pero que no tenía la combinación que abría su cerradura. Me dijo que preguntase en el Convento de Alba de Tormes, que la priora también conocía la clave para abrir el arca.
A la mañana siguiente me trasladé a Alba de Tormes para interrogar a la priora, preguntarla la clave y examinar el sepulcro.
La priora no quería dame la clave. Ponía escusas diciendo que para qué la quería, que sin las llaves que habían robado no podría abrir el sepulcro. La amenacé con decírselo al Vaticano y me dio la clave, y al abrir el arca… sorpresa ¡Había seis llaves! Tres eran las de la duquesa y las otras tres me imaginé que serían las que habían robado.
Como ya teníamos las diez llaves, abrimos el sepulcro y vimos que el cuerpo de La Santa estaba intacto.
Llamé al Obispado de Ávila y les conté que el contenido del sepulcro estaba completo y que la priora me había puesto muchas pegas para darme la combinación que abría el arca. También les dije que tenía que interrogar a los familiares de la Duquesa de Alba; a ella ya no podía porque había fallecido esa misma mañana. Alguien tenía que explicar cómo las llaves robadas en Roma habían aparecido junto a las de la duquesa dentro del arca.
Desde el Obispado me indicaron que esperase unos días para interrogarlos, había que respetar el luto de la familia.
El sábado 22, todas las emisoras de radio, de televisión y todos los periódicos daban la noticia de un milagro: las reliquias habían aparecido donde estaban antes de ser robadas.
Todos los cristianos del mundo estaban felices y más aún en Ávila, el Papa ya podría hacer lo que tenía planeado.
Me dirigí nuevamente al Obispado de Ávila que eran los que me habían contratado y les dije que aunque las reliquias habían aparecido, el caso no estaba cerrado pues no sabíamos ni quiénes habían efectuado el robo ni para qué lo habían hecho.
Me pusieron al teléfono con alguien que dijeron que era muy importante en la Santa Sede y me explicó el caso. No lo entendí muy bien pues unas veces decía que había sido una especie de “préstamo” y otras que había sido una “toma temporal”, pero que la desaparición de las reliquias no había sido por robo. Me informó de que las reliquias habían acompañado a la Duquesa de Alba en sus últimos momentos; no me indicó si había sido porque ella lo quería dado que era muy religiosa, o por decisión de sus familiares. Me dijo también que como las reliquias ya habían aparecido me olvidara del caso y así nadie saldría perjudicado.
Cerré el caso pero me quedé con las dudas: Si esa era la verdad y fue una casualidad que coincidiera la enfermedad de la duquesa y el deseo del Papa de reunir las reliquias, tendríamos el móvil, pero ¿Quiénes habían sido los autores?
Yo creo que la Duquesa de Alba, sola o junto con el resto de sospechosos que querían el cuerpo de Santa Teresa íntegro, había planeado el robo. Esto explicaría quiénes podrían ser los autores y los motivos del robo, pero ¿Qué pensaban hacer con el cuerpo?
Lo que está claro, porque es histórico, es que en 1585, el cuerpo de Santa Teresa fue traslado, casi en secreto, desde Alba de Tormes al Convento de San José de Ávila y que el duque de Alba, al enterarse, envió sus quejas a Roma y el cuerpo volvió a Alba de Tormes. Con estos traslados el cuerpo de Santa Teresa había perdido ya muchas partes y había sido enterrado tres veces.
Según lo que yo creo, el robo hubiera dado lugar a un cuarto entierro. ¿Habría sido Ávila, cuna de Sta. Teresa, el lugar definitivo de su eterno descanso? Quizás algún día lo sepamos.
 Estela Rodríguez

Detective Guillermo García



Soy Guillermo García, detective privado. Os cuento mi historia:
Me avisaron de un robo de reliquias de Santa Teresa, a dos semanas del V centenario del nacimiento de Santa Teresa. El papa vendrá a España, y los fieles querrán ver las reliquias. Y me han pedido que para el 28 de marzo haya encontrado las reliquias.
Hay muchos sospechosos, pero me he centrado en tres: La duquesa de Alba, el superior general de la orden de los carmelitas descalzos y la priora del convento de Alba de Tormes, ya que cada uno posee tres llaves del sepulcro de la Santa de Alba de Tormes. Hasta ahí bien, pero además hay una décima llave, que posee el rey de España, al que va a ser difícil acceder.
Empecé acudiendo a Benidorm, buscando a la duquesa. Estuve toda la mañana buscándola, pero no daba con ella, hasta que con un golpe de suerte, oí hablar de que estaba en la playa de Levante, y estaba alojada en el hotel Rufino Almando. Fui a la playa, y allí estaba, tumbada tomando el sol. Suerte que pude hablar con ella, ya que nos conocíamos anteriormente por otro encuentro. Otra historia. El caso, la acompañé hasta el hotel, y me estuvo contando. Me dijo que no le preocupaba mucho el caso, y que las llaves que tenían desaparecieron durante tres días seguidos, pero que al quinto día del primer robo ya las recuperó. No sabía si se las habían robado o las había perdido. Claramente, yo pensé en el robo. La duquesa me entregó las llaves amablemente. Cuando salí del hotel, ya eran las once de la noche. Volví a casa, y estuve toda la noche pensando en el asunto.
Cuando me desperté, había una nota en mi mesilla. Decía así: “Haber, Guillermo, no es por nada, pero quiero que pares la búsqueda. Esto es solo un simple aviso, pero si sigues, sufrirás las consecuencias. Anónimo.” La verdad, me asuste un poco, pero no me preocupó, ya que tenía mi vieja revolver 310 S. La guardé en mi chaqueta, y seguí al próximo destino: Roma. Ya había comprado los billetes, por lo que a las doce estaba en el aeropuerto, y a las dos de la tarde ya estaba allí. Por suerte, comí en el avión y no perdí más tiempo. Me alojé en el hotel “Mare Nostrum”, situado cerca de la orden de los Carmelita Descalzos. Fui directamente allí. Tuve mala suerte, ya que había que pedir cita previa, y aunque no la hubiera hasta dentro de una semana, la conseguí para el día siguiente. Mientras tanto, estuve investigando. Otro de los sospechosos era el director de los museos Vaticanos, y me acerqué allí. No había cita hasta dentro de dos meses, así que me di la vuelta. Estaba teniendo demasiada suerte, ya que me encontré con él a la salida y me concedió un ratito de su tiempo, y eso me pareció sospechoso. Hablé con él, pero con poco tiempo, solo me dijo pudo decir que fuentes le contaron haber oído extraños sonidos a lo largo de los robos, pero no vieron nada. Me conto donde se encontraban esas fuentes, y me prometí ir a esos sitios si me sobraba tiempo.
Al día siguiente, un extraño hombre se me acercó cuando salía del hotel. No le pude ver la cara, porque la tenía cubierta con un capuchón. Me dijo en perfecto español: “Ya te hemos avisado, no creo que quieres problemas, pero más te vale dejar la búsqueda” apuntándome con una cosa debajo de su gabardina, y se fue. Yo seguí sin hacerle caso, pero sus pintas me sonaban de algo. Me sonaba al museo de los carmelitas descalzos, hacia donde me dirigía. Me pareció muy extraño, pero yo continué. Una vez allí, no hubo problemas para acceder a hablar con el superior. No le había visto antes, pero fue fácil hablar con él, y me respondió a todas mis preguntas. Claro, preciso, y evidentemente, raro. Las llaves le habían desaparecido exactamente igual que a la duquesa, y me dijo que no sabía cómo porque las llevabas colgadas las llaves siempre del cuello, ya que se temía que ocurriera esto. Me respondió a más preguntas que me llevaron a algunas conclusiones. Algunas eran falsas, pero ya os iré contando. Le conseguí convencer de que me entregara las llaves, aunque con bastante dificultad.
Al salir de allí, recibí una flecha ardiendo disparada hacia mi mano. Gracias a mis buenos reflejos, la esquivé, y supuse que venía del hombre que me amenazo, pero no le divisé por ninguna parte. Me pareció muy peligroso, y por eso acudí a mi amigo más fiel: Santiago Rodríguez, Santi para los amigos. Me reuní con él al día siguiente en el grande, o el mercado grande, en Ávila. Pero me parecía mal hablar con él con tanta gente alrededor. Creerme, siempre está a rebosar. Le llevé a mi casa, y allí estuve hablando con él. Sabía que tenía un buen  manejo de las armas de fuego, y me podría servir de gran ayuda. Él aceptó a ayudarme con el caso, ya que me debía un gran favor. Me dijo que un tipo muy extraño le dijo que me contara que sufriría las consecuencias mortales si no paraba, y que aunque no quisiera venir me debía ese favor.
Nos dirigimos a Madrid, a la casa real, para hablar con el rey. Por suerte, ya había concertado una cita, y pudimos hablar con el rey, pero rodeados de tipos con escopetas, cosa que no me agradaba mucho. El rey también era un conocido mío, ya que había cenado más veces con él. Me dijo que su llave había estado guardada siempre, cosa que me pareció extraña, y que había estado en vigilancia durante todo el tiempo, y que se revisaba cada cinco minutos su existencia en la sala. Me la entregó gracias a mis recursos como detective, pero ya sabéis, uno siempre debe tenerlos.
Ese día dormí en casa de Santi, donde me trató como al mejor de los invitados. A la mañana siguiente, solo faltaban quince días para la llegada del papa. Fuimos a Alba de Tormes, a hablar con la priora del convento de Alba de Tormes. ¿Pero a que no adivináis lo que pasaba? ¡Más tiempo para concertar una cita! Por suerte había pocas antes y al día siguiente por la mañana ya podríamos asistir. Mientras tantos, me pareció bien ir a visitar a mis abuelos, que vivían cerca de allí, en un pequeño pueblo de la región de la Armuña. Por si no lo sabéis, allí hacen de las mejores lentejas de toda España, y mi padre las seguía cultivando. Es más, mis padres también estaban allí, y se me ocurrió ir a buscar a mi otra abuela, para organizar una cena en familia y explicarles en lo que estaba trabajando. Santi me dijo que no quería molestar, y que iría a visitar a un amigo en Salamanca para estar conmigo esa tarde. Aunque insistiera más y más, Santi es demasiado tozudo para mí, por lo que le dejé marchar.
Estábamos ya reunidos todos, mientras les contaba todo, cuando mi padre sacó el móvil y muy alterado, puso las noticias. No sabía que podía estar pasando, y cuando vi la gran noticia no me lo podía creer. Había muerto la duquesa de Alba. La habían asesinado. Y el mayor problema es que nadie nos vio hablar juntos, por lo que el principal sospechoso era: Yo. La policía estaba buscándome por toda Ávila, según dijeron, y como supuse, debía salir corriendo de allí. Terminé de comer, les di las gracias a todos y les dije que no dijeran que había estado allí. Qué pena dejar ese plato de lentejas a medio comer. Santi no había llegado, y su móvil no tenía cobertura, por lo que fui a Salamanca, y por el camino, nos cruzamos. Frené rápidamente, y le dije que nos fuéramos lejos de allí.
Decidí que nos hospedáramos en un hostal en el que había estado más veces. Por suerte nadie me reconoció en todo el día. Al día siguiente, cuando íbamos a salir, vimos a la policía en la puerta, preguntando a todo el mundo. Salimos por la puerta de detrás, por donde una cocinera muy amable nos dejó salir. Una vez fuera, esperamos a que la policía entrara en el hostal para acercarnos hasta los coches. Fuimos a toda velocidad a Alba de Tormes. Por suerte, allí no había policía.
Una vez en el convento, nos dejaron pasar. La Priora estaba sentada rezando, cuando nos acercamos y empezamos a hablar con ella. Sí que me reconoció, por lo que me dijo: “Buenos días, siéntense y hablemos tranquilamente. Sé quién es, tranquilo, pero sé que no es el culpable”. Nos contó que a ella la habían intentado atacar, pero que como sabía luchar bien (no nos contó la razón) se defendió como pudo, y echó al asesino fuera de allí. Me pareció muy raro que una monja cristiana que se opone a toda violencia se pusiera a luchar. Nos dejó pasar encantadamente al sepulcro, donde efectivamente comprobamos que faltaban los huesos. La Priora nos dijo que no pasaba nada, que si necesitábamos ayuda que acudiéramos, que no diría nada a la policía. Siempre venía bien tener ayudas en estos casos. Pero al salir, un hombre encapuchado como el que vi en Roma nos atacó con un cuchillo, y los hábiles reflejos de mi amigo nos salvó de un apuro. Sacó su pistola y le disparó en la mano, más concretamente en el cuchillo, y se lo tiró al suelo. Yo le solté un puñetazo y le dejé inconsciente en el suelo. Vi a un hombre telefoneando, y al momento apareció la policía. Como suponía que no nos podría ayudar mucho, nos fuimos de allí. Quedé con Santi en ir a Ávila, pero no me parecía buena idea ir justo a donde me buscaban. Pero entonces caí en la cuenta de que sabía de donde eran los dos hombres que me amenazaron: La secta milenarista los cuatro postes.
Tenía amigos que habían ingresado allí, pero se habían salido por diversos motivos. Sé que si consiguen reunir las partes del cuerpo de Santa Teresa el día de su quinto centenario de cumpleaños, el mundo se acabaría. No creía mucho en eso, pero sé que ellos sí. Nos dirigimos hacia allí, y al entrar vimos que un hombre igual al que nos había atacado estaba hablando muy fatigado con el director general. En cuanto nos oyó hablar, se dio la vuelta y salió corriendo. El hombre, que supuse que era el director, hizo un gesto y otros dos cerraron las puertas. Nos invitó a pasar, pero no me quería meter en la boca del lobo. De todas formas, esa visita nos podría venir muy bien. Estuvimos un buen rato charlando que hacían allí, pero yo solo quería ganar tiempo. De repente me miró muy raro, y con un gesto, noté que a mi amigo Santi le habían disparado en la pierna. Él me recordó que no quería problemas, pero que me los había buscado. Sin más apareció la policía, y me arrestó a mí. Con Santi la verdad es que no sé qué pasó, porque  a él se lo llevó una ambulancia.
Pasé en la cárcel el día entero, y al despertar la mañana siguiente me hicieron un interrogatorio. Por más que les decía que no había sido, no me creían. Me preguntaron que por qué huía entonces, y les respondí que solo lo hacía porque necesitaba tiempo para la investigación. Y de repente apareció. El mayor alivio de toda mi vida. No le conocía de nada, pero le dijo a mi interrogante que ya estaba bien, que él me conocía muy bien y sabía que no había sido yo el asesino de la duquesa. Eso bastó para sacarme de allí. Me metió en su coche y me llevó al hospital general de Madrid. Por el camino me dijo que mi coche me sería devuelto en un par de días. Como me veía muy extrañado, me preguntó si sabía quién era, y yo como no sabía, le respondí que si era Dios. Se rio y me dijo que si me acordaba del incidente del cristal en el instituto. Yo me acordaba perfectamente, pero le pregunté que él no lo podría saber a menos que fuera… No podía ser. Había viajado a Noruega para no volver cuando teníamos solo quince años. Pero volvió. Sí, era él… ¡Dani!
Daniel Monzón es el que fue mi mejor amigo durante primaria. Cuando se fue a Noruega, Santi se convirtió en mi mejor amigo, y a él le dejé de lado, porque no entendía su marchada. Era increíble tenerle allí. Una vez en el hospital, fuimos a ver a Santi. Quería venir conmigo, pero sabía que no podía, porque necesitaba reposo durante una semana. Tiempo suficiente antes de la visita del papa. Pero le dije que no se preocupara, que estaba con otro buen compañero. Dani me llevó a Ávila de regreso. Me dijo que el asunto de la duquesa ya no me debía preocupar, porque lo había solucionado él. Me contó que hace diez años regresó a España, pero por más que me buscó no me encontró. Ahora era el principal comisario de policía de España. Y eso me alegró muchísimo. Ahora tenía un compañero policía. Y el mayor cargo en toda España. Regresamos a Ávila, al lugar de la secta. Había un papel que decía “Hermanos, nos marchamos. Oímos el rumor de que nos seguían, literalmente, a todos nosotros. No solo por eso nos marchamos sino también por el afán de conocer nuevo mundo. De parte de todo el consejo que nos hemos ido: ADIOS. (Ya sabéis a donde hemos ido). Me pregunté que donde podían estar. ¿Lo sabes tú? Solo basta con mirar las iniciales de cada frase o delante de los puntos de ortografía para saber que se habían ido a Holanda. Pero eso era muy raro, por lo que recordé que tenían otro nombre para la secta: holandeses. Y recordé que todo el mundo que se había marchado de allí me dijo que no volvería allí, ni siquiera a Barcelona, y por eso supe que se habían ido al famoso hotel Holanda, en Barcelona.
Fuimos a casa de Dani a Madrid a dormir, y al día siguiente cogimos un avión hacia Barcelona. En el aeropuerto vi a un grupo de hombres con sudaderas raras que hablaban en español. En seguida supe que eran ellos. Les seguimos hasta el hotel. Una vez allí, se turnaron para ir al baño cada cinco minutos. Cada vez que salía uno, le dejábamos inconsciente con un truco nuestro. Lo siento, pero el truco es un secreto. Pero solo salieron cinco personas, y sospeché que se habían dado cuenta de nuestra llegada, porque yo vi a ocho en total. Me parece que faltaban el líder de la secta, el hombre que nos intentó matar y el hombre que me amenazó. Los tres me conocían muy bien. Entonces recurrimos al truco que hay en todas las películas: entramos en su habitación por el conducto de ventilación. Así, uno de ellos se desmayó al vernos, y Dani y yo sacamos rápido nuestra revolvers apuntándolos. Me fijé en que Dani tenía buen gusto, ya que tenía la misma que la mía. Pero se nos escaparon. Dani empezó a seguir al líder por el camino que tomó y yo al otro. Le alcancé a dos manzanas del hotel, gracias a mis preciosas piernas. Le derribé y le llevé de vuelta al hotel. Allí estaba también Dani con el líder.
Avisamos a la policía y todos ellos fueron arrestados. Les acompañamos a comisaría para el interrogatorio, y nos contaron todas las pruebas que teníamos. Aunque lo único que hice fue recordar de donde eran las capuchas, me llevé todo el mérito junto a mis amigos Dani y Santi. Nos contaron que habían robado todo para venderlo en el mercado negro, que no podrían ser tan tontos para acercar también su fin del mundo. Desgraciadamente eso es lo que quiere la mayor parte del mundo: dinero. Encontramos los restos escondidos en su base en Ávila. Los recuperamos y tuvimos un par de viajes Dani y yo por el mundo. Llevamos todas las reliquias a todas las partes del mundo. Pero eso es una historia que ya os contaré. Solo os diré que el final fue increíble. El papa vino como estaba previsto y nos dio las medallas de honor de la Iglesia. Hasta nos dijo que podríamos llegar a ser santos. No se cómo pasó, pero el papa comió con nosotros aquel día. Fue una experiencia increíble. Pero lo mejor de todo esto es que… ¡Me pude acabar el plato de lentejas!
Espero tener más experiencias así, pero por ahora, me despido. Un placer hablar con vosotros, me despido y hasta otra. ¡Adiós!
Guillermo García del Pozo