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sábado, 28 de marzo de 2015

Detective Lara Fernández y el Misterio de las Reliquias


Camino tranquilamente por la calle, acompañada de Damián. Echo un vistazo al reloj. ¡Perfecto!, vamos bien de tiempo. No quiero hacerla esperar.
                Después de una larga caminata llegamos  a nuestro destino: la mansión de la Duquesa de Alba.

-          Buenos días.-Nos recibe- ¡Siéntense!

Nos acomodamos en un par de sillas de su salón y nos ofrece un café. Es una mujer muy agradable. Cuando nos quedamos a solas, mientras Damián habla con otras personas de la casa, comienzo a explicarle el problema; pues cuando hablamos por teléfono no pude dar muchos detalles.

-          Como sabrá, se han producido una serie de robos en varios lugares del mundo donde se guardaban las Reliquias de Santa Teresa.

Asiente y me escucha atentamente.

-          Como detective encargada del caso lo primero que he de comprobar es si el cuerpo continúa o no en el sepulcro. Para ello necesito las tres llaves que guarda el Supervisor General de la Orden Carmelita, las tres que hay en el Convento de Alba de Tormes y las otras tres que posee usted. El Superior accedió a dármelas cuando le visité hace un par de días en Roma.

-          Así que, ¿usted se guardará las llaves en el bolsillo y se marchará?, ¿así, sin más? – Pregunta, mostrándose claramente en  desacuerdo. - ¿No le parece poco seguro?

-          Sé que son cruciales para el caso, pero la gente corriente no sabe que soy detective. Siempre trato de ser discreta para que nadie sospeche. Si consiguiese escoltas, sólo llamaría la atención…-Debo de haberla convencido, ya que se levanta y me dice:

-          Está bien. Si es necesario se las daré, pero con la condición de que me las devolverá lo antes posible.

-          Por supuesto.

-          Bien.- Responde.- ¡Acompáñeme!

Vamos a otra habitación. Se acerca a un cuadro de Picasso y  lo descuelga de la pared, dejando ver una caja fuerte. Introduce la contraseña y la abre.

-          Aquí tiene.- Dice entregándomelas.- Antes de que se vaya, he de enseñarle algo más.
-          ¿De qué se trata?

-          Hace una semana recibí esta extraña carta.

Me entrega un folio escrito a ordenador que guardaba en un cajón.
-          Pensé que se trataría de una broma y no le di importancia.

La observo atentamente. Es muy extraño. Sólo hay puntos y líneas. ¿Será código morse?

-          ¿Tiene el sobre también?

-          Sí, aquí mismo.- Saca del mismo lugar donde estaba la carta un sobre blanco, impecable, sin remitente y con un sello.

-          ¿Cuándo la recibió exactamente?

-          El sábado.

-          Un día antes del robo….- Concreto.

-          Exacto, pero yo no he tenido nada que ver.

-          ¿Alguien más conoce la clave de la caja fuerte?

-          Mi mayordomo, Ricardo.

-          ¿Podríamos hablar mi compañero y yo con él?

-          Se ha tomado libre esta semana. Regresará en un par de días. Si quieren pueden volver por aquí y hacerle algunas preguntas. Serán bien recibidos, pero dudo mucho que él haya tenido algo que ver en esto.

-          Eso habrá que verlo…

Lo guardo todo cuidadosamente. Le doy las gracias por su ayuda y nos despedimos de ella.

Damián llama a un taxi para que nos lleve de vuelta al hotel. Puede que no sea muy seguro utilizar el transporte público, pero la idea es no llamar la atención.

Una vez en la habitación, extiendo sobre la cama todo lo que hemos reunido en relación al caso: las seis llaves, la nota misteriosa y el cuaderno de anotaciones. Decido centrarme en la nota. Intento descifrar el mensaje con diferentes técnicas, como colocar la hoja a contra luz o pasar un lápiz por encima en busca de algunas marcas, pero ninguna da resultado. Tampoco se trata de código morse, pues al intentar traducirlo, el mensaje que obtengo carece de sentido.

A la mañana siguiente, Damián y yo nos dirigimos al Convento de Alba de Tormes. No hemos avisado de nuestra llegada. Preferimos ir por sorpresa para que no les de tiempo a esconder posibles pruebas, en el hipotético caso de que alguna de las monjas esté relacionada con el robo.

-          Buenos días.- Saludo al llegar.- Quería hablar con la Priora.

-          ¿De parte de quién?

-          Detective Fernández y su compañero López.

-          Está bien, iré a avisarla.

-          Gracias.

En diez minutos está de vuelta, acompañada de la Priora.

-          Buenos días. Imagino que vendrán por el robo, ¿no?- Nos pregunta.- Entonces síganme. Les diré dónde está.

Avanzamos por los pasillos a un ritmo bastante rápido para no perder tiempo. Una vez allí, la priora nos entrega las tres llaves que nos faltan y las introduzco en las cerraduras. A continuación lo intento con las de la Duquesa, pero algo falla.

-          ¡Qué extraño! No encajan…

Pruebo con las del superior, pero tampoco funcionan. ¡Ambos me han dado las llaves equivocadas!

-          ¿Qué ocurre?- Pregunta la Priora.

-          Estas no son las del sepulcro.

-          ¡Oh! ¡Dios mío!, ¿se las habrán robado a la Duquesa y al Superior?

-          Puede.- Responde Damián.- Quizás nos las ha dado mal a posta.

¿Y si mi amigo tenía razón?..... ¿Eso significaría que habrían sido ellos los ladrones? La única manera de descubrirlo sería continuar investigando e interrogando sospechosos.

Mientras vamos en el tren hacia Ávila mi compañero inspecciona el portátil de la Priora del Convento de Alba de Tornes. Al principio no le gustó la idea de que nos lo llevásemos para revisarlo, pero al final accedió. Yo leo una y otra vez la lista de posibles ladrones.

Tenemos planeado un interrogatorio para el líder de la secta milenarista “Cuatro Postes”, uno de los que más razones podría tener para llevar a cabo un robo de tales magnitudes. Algunas fuentes aseguran que creen que el fin del mundo llegará el día del V centenario de la Santa si consiguen reunir todas las reliquias.

Una vez en la cuidad, Damián va a hablar con un informático que cree que puede ayudarle con el ordenador; mientras que yo, busco el Hotel Cuatro Postes, sede de la secta. Por más que insisto, se niegan a abrirme. Pruebo varias veces más, pero es inútil. No van a dejarme pasar, ni a contestar a ninguna pregunta, ni a aportar nada provechoso a la investigación.

Son los segundos que se niegan a pasar por el interrogatorio. Al director de los Museos Vaticanos tampoco le gustó verme en Roma… Un comportamiento muy extraño que no suelen tener las personas inocentes.

Decido ir al Convento de la Encarnación. Quizás allí tenga más suerte. Camino con paso firme, tratando de ordenar mentalmente las piezas de este rompecabezas tan complejo.

-          Buenos días. ¿Podría ver a la Priora? – Le pregunto a la primera monja con la que me encuentro.

-          No sé si estará ocupada, aunque, claro, acompáñeme.

Me guía por los pasillos y me lleva hasta una sala de estar muy luminosa con un aspecto sobrio pero acogedor.

-          Esta chica ha venido a verla.- Le dice a la religiosa que se encuentra sentada en una silla debajo de una pintura de Cristo en la Cruz. Es uno de los cuadros más conocidos del convento. Me sonríe y me invita a sentarme a su lado. Su compañera se va y nos quedamos a solas.

-          ¿Eres detective, verdad?

-          ¿Cómo se ha dado cuenta?

-          Se ve tu astucia en la mirada.

-          Gracias. – Respondo.- Una mujer tan amable sería incapaz de cometer un robo.

-          ¿Ya has resuelto el misterio? – Me habla con el mismo tono que utiliza una madre con su hija.

-          ¿Usted que cree?

-          Que debes de estar muy desorientada para venir aquí buscando al culpable.

-          ¿Por qué?

-          Porque los pobres son los que más dan y los ricos, los que más quieren. Cuando entiendas esto descubrirás al culpable. Ahora vamos, te acompaño hasta la salida.

-          Si ya sabe quién es el ladrón, ¡dígalo!

Se ríe.

-          Yo no sé quién ha podido ser.

-          Entonces, ¿a qué ha venido eso?

-          Yo hablo desde la voz de la experiencia. No he ido en busca de pruebas, pero espero haberte ayudado. – Dice poniéndose en pie.- No tengo nada más que decirte. Ve en paz y que el Señor te acompañe.

Salgo del convento, vuelvo a donde me despedí de Damián hace un rato. Aún no ha llegado,  pero no creo que tarde mucho. Me siento en una cafetería a esperarle. No hace mucho frío para la época que es. Hay mucha gente por la calle. Mi mirada se detiene en una pequeña que está llorando porque se le ha caído la piruleta al suelo. Le pide otra a su madre, pero ella le dice que ahora tienen prisa y que no pueden pararse. Mientras madre e hija discuten, un hombre pobre sentado en la acera pidiendo limosna se levanta y se gasta su única moneda en una piruleta de la máquina expendedora, para la niña, que deja de llorar y ahora sonríe, feliz, al igual que el hombre.

        “Los pobres son los que más dan, y los ricos, los que más quieren”. ¡Qué razón tenía la Priora de la Encarnación.

-          ¡Lara!

Levanto la cabeza al oír que me llaman. Es Damián, que viene corriendo hacia mí.

-          ¿Descubriste algo?

-          Sí. Creo que sé cómo descifrar la carta.

Se sienta a mi lado y saca un papel del bolsillo y la carta.

-          Cuéntame.

-          Con la ayuda de Fernando, el informático, conseguí entrar en el correo electrónico al que había accedido la Priora del Convento de Alba de Tormes, y uno de los e-mails era el alfabeto normal y en código binario que envió al mayordomo de la Duquesa.

-          ¿Qué código es ese?

-          Es el que utilizan los ordenadores. Consiste en usar los números 0 y 1 para darle instrucciones al microprocesador. Cada una de las letras y símbolos del teclado tiene una numeración diferente. Puede que los puntos de la carta sean ceros y las líneas, unos.


-          ¿El e-mail era para descifrar la carta?


-          Eso creo. Todavía no sabemos si ella envió la carta o no.


-          Hay que comprobar si las huellas dactilares del ordenador están en el sobre y la carta.


Y así resolvimos el caso:

Mandamos el ordenador y el sobre al laboratorio central de la Policía de Madrid, y se confirmó lo que sospechábamos: la Priora del Convento de Alba de Tormes envió por correo postal la carta al mayordomo y al Superior General de la Orden de los Carmelitas. Para mayor seguridad escribió un correo electrónico a ambos para que pudiesen descifrar el mensaje.

        Lo que nos dio la pista final fue la carta, que decía:

        “Todo listo. Ahí va un billete de tren para el viaje. Acuérdate de dejar las llaves falsas dentro de la caja fuerte de la Duquesa antes de venir. El Superior General ya me las ha enviado, solo faltas tú, Ricardo. Espero verte pronto o tendremos que posponer el robo”.

Ricardo era el mayordomo encargado de recoger el correo a la Duquesa de Alba y enseguida supo que aquella carta era para él, aunque se había enviado con los datos de su superior para acusarla a ella. Después de descifrar el mensaje, pidió la semana libre y se fue hasta Alba de Tormes. Tenían al menos un aliado en cada convento. Les ayudaron a robar las reliquias y las guardaron en el sepulcro.

        Recordé las palabras de la Priora de la Encarnación y averigüé por qué  lo habían hecho. Era una metáfora. “Los pobres” eran los demás conventos que tenían alguna reliquia y “los ricos” eran aquellos que guardaban las llaves, varias reliquias, el cuerpo… y aún así ansiaban más. Era la avaricia lo que les había llevado a cometer el robo y la Priora de la Encarnación lo sospechó desde el principio. Desde el principio habían deseado ser los únicos dueños de los restos de Santa Teresa.

        La policía arrestó a los culpables (la Priora de Alba de Tormes, el mayordomo de la Duquesa, el Superior General de la Orden Carmelita y sus contactos en los demás conventos) y las reliquias fueron devueltas a su lugar correspondiente. A modo de castigo, el sepulcro se trasladó al convento de San José, en Ávila; ya que, éste fue el primero que fundó la Santa y al que quería llegar para morir.  

Laura Cruz Palmeiro

sábado, 14 de marzo de 2015

Detective Sara López



El  fuerte  sonido  del  teléfono  se  filtró  en  mi  sueño  con  su  molesto  pitido  como  la  gota  de agua  que  cae  incesantemente  del  grifo  del  lavabo,  atormentando  mi  ya  maltrecha  cabeza. Tardé  varios  segundos  en  darme  cuenta  de  que  no  era  un  sueño.  

El  teléfono estaba  zumbando  sobre  la  mesilla  de  noche  de  mi  dormitorio. Sin  abrir  del  todo los  ojos,  atendí  la  llamada.  Era  el  responsable  de  la  Comisaría  Central.  No  podía  creerlo.  Me había  acostado  muy  tarde  tratando  de  terminar  el  caso  que  traía  entre  manos. ¿Qué  podía querer  ahora  ese  dichoso  hombre  que  no  me  dejaba  ni  dormir?

No  tardé  en  averiguarlo.  Tenía  que  dejar  todo  lo  que  estuviese  haciendo,  ya que…¡habían robado  las  reliquias  de  Santa  Teresa  de  Jesús  en  todos  los  lugares  donde  se  custodiaban!
Me  senté  en  la  cama  como  movida por  un  resorte.  Miré  de  reojo  el  despertador  y  vi  que eran…¡las  seis  de  la  mañana!  ¡Pero  si  apenas  hacía  tres  horas  que  me  había  acostado! La cabeza  me  estallaba;  parecía  como  si  un  enano  con  un  martillo  quisiera  salir  de ella abriéndose  paso  a  golpes.
El  asunto  era  verdaderamente  grave  y,  sobre  todo,  urgente.  Yo  no  sé  mucho  de  reliquias religiosas,  pero  el  tono  del  “jefe”  no  dejaba  lugar  a  dudas.  Necesitaban  mi  ayuda  para solucionar  el  caso.  No  había  huellas,  pistas,  ni  siquiera  móvil…pero  el  tema  era  casi  trágico. 

Este  2015  se  celebra  el  V  Centenario  del  nacimiento  de  la  santa  y  parece  ser  que  hasta  el Papa  de  Roma  va  a  acudir  a  la  celebración;  así  que  había  que  ponerse  manos  a  la  obra.  El robo  de  las  reliquias  era  la prioridad.  ¡Menudo  comienzo  de  año!  Ser  tan  buena  detective igual  no  tenía  tantas  ventajas  como  yo  pensaba  en  ocasiones…pero  había  que  recuperar  las  reliquias  como  fuera.

A  las  dos  horas  ya  estaba  al  tanto  de  todos  los  detalles  (que  tampoco  eran  muchos)  para empezar  a  investigar.  La  fecha  tope  parece  ser  el  28  de  marzo…Pues  no  es  mucho tiempo…La  policía  me  facilitó  una  lista  con  los  sospechosos,  un  total  de  seis.  

Pero  lo  primero  era  saber  si  las  reliquias  del  Convento  de  Alba  de  Tormes  también habían desaparecido.  Como  la  priora  del  convento  era  una  de  las  sospechosas,  me dirigí  a  la localidad  salmantina  en  primer  lugar,  para  aprovechar  e  interrogarla.
El  Monasterio  de  la  Anunciación  de  Nuestra  Señora  en  Alba  de  Tormes  es  el  lugar  donde murió  la  santa  en  1582,  camino del  convento  de  San  José  en  Ávila  (el primero  que  fundó). Es  también  el  lugar  donde  su  conservan  más  reliquias:  el  cuerpo  incorrupto  está  en  el  altar mayor,  en  un  arca  de  mármol  jaspeado;   el  brazo  izquierdo  y  el  corazón  están  también expuestos  en  el  museo  del  mismo  templo.

Me  recibió  la  Madre  María  Sonsoles  Gutiérrez  Robledo,  priora  del  Monasterio  quien, amablemente,  me  explicó  que  forma  parte  de  una  Comisión  diocesana  para  colaborar en  la programación  de  actividades  con  motivo  de  los  dos  centenarios  teresianos.  Y  es  que,  no  solo se  celebra  el  quinto  del  nacimiento  de  la  santa,  sino  
también  el  cuarto  de  su  beatificación  (1614) También  me  informó  del  curioso  sistema  de protección  de  las  reliquias  que  allí  se  encuentran.  El  sepulcro  está  cerrado  por  diez llaves; tres  juegos  de  tres  llaves  cada  uno,  (más  otra  que,  simbólicamente, está  en poder  de  la Monarquía  española)
Hasta  que  no  se  juntan  las   nueve  llaves,  no  se  puede  abrir  el  sepulcro  de  la  santa;  que  es de  mármol  toledano y  bronce. Tres  llaves  abren  la  reja  externa  de  hierro,  otras  tres  la tapa  de bronce  y  las  tres  últimas,  el  arca  interior  de  plata.  Para  abrir  el  sepulcro,  previo permiso  del Vaticano,  han  de  juntarse  todas  las  llaves.  Se   ideó  así  para  evitar  el  robo de las reliquias (¡mira  tú  por  dónde!)  Pese  a  las  guerras,  los  expolios  y  la  precariedad  en  que vivieron  estas monjas  en  múltiples ocasiones,  han  conservado  íntegro  tamaño patrimonio, sin caer  en  la tentación  de  venderlo  o  cambiarlo  de  lugar.  Lo  exponen en las mejores  condiciones, bien restaurado  y  asegurada  su  conservación;  por  lo  que  son dignas  de  admiración.

Escuchar  la  pasión  y  devoción  con  la  que  la  Madre  María  Sonsoles  me  hablaba  me hacía lamentar  el  hecho  de  que  pudieran  no  estar ya  allí las  reliquias.  Pero   primero había  que  abrir el  sepulcro,  para  lo  que  debía  conseguir  las  llaves.  La  priora  me aseguró  que  ella  tenía  su juego,  pero  no  podía  afirmar  que  no  se  lo  hubieran  sustraído  en  algún  momento. Conseguir las  de  la  Casa  de  Alba  no  fue  muy  difícil,  pese  al  reciente  fallecimiento  de  la  Duquesa.  Su hijo  mayor  y  heredero  del  título  comprendió  la  gravedad  del  asunto  y  colaboró inmediatamente.  

Para  el  último  juego  de  llaves,  hube  de  trasladarme  a  Roma,  donde  vive  el  Superior  General de  la  Orden  de  los  Carmelitas  Descalzos:  el  Padre  Saverio  Cannistrá  del Sagrado  Corazón (otro  de  los  sospechosos)El  Padre  Saverio  Cannistrá  ostenta  su  actual  cargo  desde  2009, gobernando  a  toda  la  orden  y  realizando  visitas  pastorales  en  la  región.  Sus  múltiples   ocupaciones  le mantienen  en  Italia  casi  todo  el  tiempo.  Su  buena  disposición  a  entregar  su juego  de  llaves para  resolver  el  asunto  lo  más  rápido  posible,  me  hace  dudar  de  su culpabilidad en  el  robo. Pese  a  haber  manifestado  su  disgusto  porque  el  cuerpo  esté desmembrado  y  querer  que  tenga un  único  lugar  de  reposo  y  culto,  es  precisamente  su privilegiada  posición  de  poderla  que  me  mueve  a  descartarlo,  por  el  honor  con  que  recibió su  designación  pese  a  la  fuerte  responsabilidad  que  conlleva  su  cargo.
Siempre  me  he  dejado  llevar  por  mis  intuiciones;  hasta  ahora  no  me  han  fallado,  pero tampoco  es  un  método  muy  científico,  así  que  me  mantendré  alerta  respecto  a  todos  los  sospechosos.
Aprovechando  el  viaje  a  Roma,  interrogué  a  otro  de  ellos en la  lista  que  me  dio  la  policía: el Director  de  los  Museos  Vaticanos,  el  señor  Antonio  Paolucci.  El  material  que  albergan  estos museos  es  tan  vasto,  que  es  el  sospechoso  que  más  rápido  descarté.  Es  cierto  que  no tenemos  móvil  del  delito,  pero  con  la  cantidad  de  reliquias  de  santos,  apóstoles  y personalidades  históricas  en  general  que  hay  en  los  Museos  Vaticanos,  no me  cabe  en  la cabeza  que  el  señor  Paolucci  estuviera  interesado en  las de  Santa  Teresa  (ya  tienen  la mandíbula  y  el  pie  derecho), sabiendo  que  el  Santo  Padre,  que me  imagino  es  su  “jefe”, tiene organizado  el  viaje  a  España  para  la  celebración  del centenario. De  vuelta  a  Alba  de  Tormes, con  el  correspondiente  permiso  para  abrir  el sepulcro,  además  de  las  llaves; descubrimos  que, efectivamente,  ¡las  reliquias  del  Monasterio  de  la  Anunciación  habían  sido  sustraídas!

La  consternación  de  toda  la  comunidad  religiosa  del  lugar  fue  dolorosa  hasta  para  mí,  que estaba  profundamente  preocupada  tratando  de  dilucidar  cómo  (y  sobre  todo  quién)  se  había hecho  con  las  llaves  para  abrir  el  sepulcro.  El  dolor  de  cabeza  del  día  que me  encargaron  el trabajo  no  era  nada  comparado  con  el  que  tenía  ahora.  Casi  podía oír  los  engranajes  de  mi cerebro  poniendo  la  maquinaria  de  mi  materia  gris  a  mil  por  hora. Tenía  que  seguir interrogando  a  los  sospechosos  y  la  siguiente  en  la  lista  era  la  priora  del  Convento  de  la Encarnación  en  Ávila,  convento  de  clausura  de  monjas  carmelitas,  declarado  templo  jubilar  en  el  marco  del  V Centenario.  Es  el  lugar  del  que  salió  Santa  Teresa  para  iniciar  la  reforma  de  la  Orden del  Carmelo;  vivió  allí   durante  casi  treinta  años.  La  priora  estaba  ocupada,  por  lo  que me  atendió  su  hermano,  el  Padre  Arturo.  También  hablé  con  Nicolás  González,  capellán  del  Convento  durante  cuarenta  y  ocho  años.

Cuando  finalmente  hablé  con  la  priora,  me  trasladó  su  tremendo  pesar  por  lo  sucedido. Sus manifestaciones  de  dolor  eran  similares  a  las  de  la  superiora de  la  Anunciación. Tras  su  suave modo  de  hablar,  que  imaginé  propio  de  las  monjas  de  clausura,  se  percibía  su  inquietud.  Me dijo  que  por  supuesto  que  le  gustaría  que  las  reliquias  estuvieran en  la  que  consideraba  la Casa  de  la  santa,  pero  que  aceptaba  los  designios  de  los   responsables  más  cualificados  que ella;  ya  que  –al  final-­‐todos  los  lugares  fundados   por  Santa  Teresa  han  de  considerarse  “su casa”,  y  todos  los  fieles  y  devotos  del  mundo  merecían  tener  una  reliquia  que  venerar. Nuestra  conversación  se  prolongó  con  mi  interés  por  conocer  qué  otros  lugares  albergaban restos  teresianos.  Amablemente  me  explicó  que,  además  de  los  que  ya  conocía  de  Roma  y Alba  de  Tormes,  el  ojo  izquierdo  y   la  mano  derecha  estaban  en  Ronda  (Málaga),  un  dedo en la  Iglesia  de  Nuestra  Señora  de  Loreto  en  París,  la  mano  izquierda  en  Lisboa,  otro  dedo en  Sanlúcar  de  Barrameda,  distintos  restos  en dos ciudades de Bélgica... todos ellos - claro está - en instituciones de la Orden del Carmelo. 

Fue  bastante  didáctico  y  asombroso…me  hizo  pensar  si  habrá  algún  santo   entero,  ¡el  pobre!; ya  que  parece  que  la  gente  piensa  que  si  tiene  un  trocito  de   alguien  a  quien  venerar,  reza mejor…(¡qué  absurdo!)  Esa  es  la  gracia  de  la  fe,  ¿no?: creer  sin  ver.  ¡Qué manía  con despedazar  a  las  personas  para  luego  adorarlas!…

La  cosa  se  me  antojaba  cada  vez  más  complicada.  Menos  mal  que  no  tendría  que  moverme de  Ávila,  ya  que  la  siguiente  sospechosa  era  la  priora  del  Convento  de  San  José,  más conocido  como  el  Convento  de  Las  Madres.  Allí  me  atendió  la  Reverenda  Madre  Julia  de  la Madre  de  Dios  (¡anda  que  los  nombrecitos  se  las  traen!)  Me  explicó  que  éste  era  el  primer convento  que  fundó  la  santa  y  el  lugar  al  que  se  dirigía  cuando  la  gravedad  de  su enfermedad  la  sorprendió  en  Alba  de  Tormes.  Pero que en realidad era su convento el lugar en el que la santa quería morir. Tras su fallecimiento en tierras salmantinas, le amputaron una mano - a la que le cortaron un dedo-que quedó en Ávila (¡y dale con los cortecitos!) y en 1585, trasladaron su cuerpo al Convento de San José, quedando un brazo en Alba de Tormes. Pero cuando el Duque de Alba se enteró, elevó una queja a Roma y volvió el cuerpo de la santa al lugar de su fallecimiento.

A  medida  que  iba  relatándome  la  información,  su  tono  de  voz  iba  volviéndose  más  grave, aunque  no  más  alto.  Sugirió  que  el  desalmado  que  había  robado  las  reliquias  seguramente  lo había  hecho  por  encargo  de  un  coleccionista  privado.  Sé  que  hay  gente  muy  rara,  pero  para qué  se  puede  querer  tener  algo  así,  que  ni  puedes  exhibirlo  ni  presumir  de  que  lo  tienes…La priora  me  contestó  que  el  simple  hecho  de  ser  el  poseedor  de  semejante  tesoro  es  motivo suficiente  para  incitar  al  delito.  Yo  comprendía    el  razonamiento  de  la  monjita,  pero  me parecía  demasiada  excentricidad  para  tener  restos  sueltos  de  una  persona  por  muy  santa  que sea…
Me  fui  del  convento  con  un  montón  de  notas  pero  sin  las  ideas  más  claras  que  antes  de  mi visita.  Eso  sí,  se  me  contagió  un   poco  de  la  paz  que  se  respira  en estos sitios.  Las  prioras se  me  parecían  un  montón  entre  ellas,  podían  ser  intercambiables. Será  el  carácter  de  las monjitas  de  clausura  o  será  casualidad,  pero  las  tres  me parecieron  tan  frágiles,  tan suaves…como  esa  tía  solterona  que  todos  tenemos,  que  es  tan  buena  y  hace  unos  postres  tan ricos…Ya  me  estoy  perdiendo…y  aún  me  queda un  sospechoso  que  interrogar:  el  líder  de  la Secta  Milenarista  “Cuatro  Postes”,  un  tal  Abel  Mártir  (imagino  que  será  nombre  “artístico”,  porque…en  fin…)La  secta  ha comprado  el hotel  que  da  nombre  a  su  asociación  y  se  ha  convertido  en  su  sede  central.  Como todos  los líderes  de  sectas  me  parece  un  “chalado”  con   más  poder  y  dinero  que  otra  cosa.  Pero  no  quiero  acudir  a  él  con  prejuicios,  no  sería  profesional  por  mi  parte.  Aunque  en  cuanto  le  echo  la  vista  encima,  las  buenas  intenciones  se  esfuman.  Es  un  tipo  muy  alto,  excesivamente  delgado,  con  cara  angulosa  y  unos  ojos  negros  como  la obsidiana  que  parece  que  te  taladran  al  mirarte…Será  así  de  inquietante  de  verdad  o será  una  pose,  pero  me  resulta  muy intimidante.  
Y  lo  peor  es  cuando  sonríe.  Da  miedo.  La  sonrisa  no  le  llega  a  los  ojos  y  te  hiela  la  
sangre  en  las  venas…Eso  o  la  calefacción  del  salón  del  hotel  donde  me  recibe  no  funciona.
Sabemos  por  algunos  adeptos  arrepentidos  que  la  secta  espera  el  fin  del  mundo  en  el  V Centenario  de  Santa  Teresa,  si  consigue  reunir  las  partes  desmembradas  de  su  cuerpo  para  el día  de  la  conmemoración. Sin  comentarios…
Según  el  milenarismo,  Cristo  volverá  a  reinar  sobre  la  Tierra  durante  mil  años  antes  del último  combate  contra  el  mal,  la  condena  del  diablo al  perder  toda  su  influencia  para  la eternidad  y  el  Juicio  Universal.  ¡Madre  mía!,  este  tipo  está  como  una  cabra.  Lo  malo  es  que tiene  poder  y  dinero  como  para  haber  sido  el  culpable  del  robo  de  las  reliquias,  y  desde luego  el  motivo  de  él,  por  absurdo,  es  el  más  convincente.  Pero,  no  sé…me  parece demasiado  evidente  para  ser  él  el  culpable.  Claro  que  también  pienso  que  la  explicación  más simple  es  casi  siempre  la  correcta. Regreso  a  mi  hotel  a  repasar  las  notas  y  meditar  sobre los sospechosos.  Tras  los  descartes  iniciales  de  la  “conexión romana”  del  Director  de  los  Museos Vaticanos  y  el  Superior  General  de  los  Carmelitas,  cavilo  sobre  el  “pirao”  de  la  secta. El perfil  de  las  personas  que  ingresan  en  un  grupo  así  se  basa  en  una  personalidad  débil  y dócil,  con  algún  trauma  emocional  reciente,  que  con  el  tiempo  crea  un  vínculo  creciente  de dependencia  y  endeudamiento  con  la  secta.Les  prometen  salvación,  organización, compañerismo,  soluciones  fáciles  e  inmediatas...
Les  inculcan  que  para  “estar  bien”  necesitan  ser  leales  al  líder,  regalándole  su  tiempo,  sus talentos,  incluso  su  cuerpo  y  su  vida;  pero  sobre  todo,  su  dinero.¡Nahhh!…Definitivamente, pienso  que  el  líder  de  la  secta  es  un  patético  estafador  y  que  serán  otras  las  autoridades  que tengan  que  dar  cuenta  de  él.  Pero,  desde  luego,  no  es  mi  hombre. Buscando  información  en mi  ordenador  portátil  descubrí  que  la  Madre  Julia,  priora  de  San  José  había  solicitado  en 2012  al  Papa  Benedicto  XVI  una  indulgencia  plenaria  para  los  fieles  y  peregrinos  que asistieran  devotamente  a  algunas  de  las  celebraciones  jubilares  o  permanecieran  en  oración en la  Iglesia  de  San  José,  con motivo  de  la  celebración  del  450  aniversario  de  la  fundación del convento  en  1562;  tan  cercano  también  al  V  Centenario  del  nacimiento  de  la  santa.
El  convento  alberga,  además,  el  Museo  Teresiano  de  las  Carmelitas  Descalzas.
  
De  pronto,  mi  intuición  pareció  asomar  una  vez  más;  recordando  la  acalorada  exposición  que la  priora  me  había  hecho  de  las  bondades  de  su  institución  y  de  la   sugerencia  del  robo  a instancias  de  un  posible  coleccionista.  Tal  vez  era  para  despistar…  Todos  los  demás sospechosos  estaban  consternados  por  los  hechos,  pero  ella…No  podía  creer  que  aquella mujer pequeñita,  de  aspecto  frágil  y  gesto  bondadoso  fuera  el  cerebro  del  robo.  Claro  que  tampoco me  lo  podía  creer  de  las  otra  dos,  pero…Decidí  volver  al  convento  para  hablar  con  ella, pero esta  vez  iría  acompañada  de  la  policía,  a  la    que  informé  de  mis  sospechas.

Si  le  extrañó  mi  nueva  visita  a  la  Madre  Julia,  lo  disimuló  muy  bien.  Pero  al  ver  a  los policías  que  iban  conmigo,  se  puso  nerviosa  y  no  tardó  en  confesar.  Según  ella,  lo  hizo  para preservar  el  espíritu  de  la  santa.  El  deseo  de  Santa  Teresa  era  contribuir  a  la  salvación de  las almas  con  el  hecho  de  la  fundación  de  San  José.  Su  propósito  era  realizar  el  plan  de Dios, revisar  la  propia  vida,  reforzar  la fidelidad  a  Cristo,  al  Evangelio  y  recrear  nuestra existencia  cristiana  como  servicio   constante e  incansable  a  Dios  y  a  los  hermanos.  Terminó  su  alegato,  emulando  a  Santa  Teresa,  con  un  “¡Qué  sería  del  mundo  si  no  fuese  por  los  religiosos!”.
Respecto  a  cómo  consiguió  los  juegos  de  llaves  para  abrir  el  sepulcro:  las  de   Roma  las obtuvo  cuando,  aprovechando  el  viaje  para  entregar  en  mano  la  solicitud  de  la indulgencia plenaria  en  2012,  se  las  sustrajo,  con  ayuda  de  un  colaborador  en  el  Vaticano,  al  Padre Saverio.  Hacer  una  copia  y  devolverlas  fue  lo  más  sencillo.

Las  de Alba  de  Tormes,  las  consiguió  valiéndose  de  su  amistad  personal  con  la  ingenua priora  del  Monasterio  de  la  Anunciación,  toda  bondad  ella…Las  últimas  en  conseguir  fueron las  de  la  Casa  de  Alba.  Con  el  reciente  fallecimiento  de  la  duquesa  y,  con  la  excusa  de mostrar  sus  condolencias  a  la  familia,  las  sustrajo  y,  como  en  los  anteriores  casos,  “copia  y devolución” sin  que  se  dieran  cuenta. La  verdad  es  que  la  habilidad  y las  maquinaciones  de  la monjita  son dignas  de   una  novela  de  misterio.  ¡Quién  lo  iba  a  decir! Y  además  confesó haberlo hecho  todo  ella  solita.  Las  demás  hermanas  no  estaban  al  tanto  de  nada;  solo  contó con  la   colaboración  de  una  antigua  compañera  de  noviciado  en  Roma.

Por  supuesto,  para  ella,  era  más  que  claro  que  el  lugar  donde  debían  estar  depositadas  las reliquias  de  su  madre  fundadora  era  su  convento;  por  ser  además  el  lugar  donde  la  santa hubiera  querido  morir.  El  hecho  de  que  el  fallecimiento  ocurriera  en  Alba  de  Tormes  había sido  un  mero  accidente.  El  cuerpo  de  Santa  Teresa  ya  había  sido  llevado  a  San  José  en  su momento y,  si  no  fuera  por  el  Duque  de  Alba,  allí  seguirían  sus  restos;  sin desmembramiento. Allí es  donde  debían  reposar. Lo  que  nos  llevó  a  la  parte  final  de  la investigación:  ¿qué  había hecho  con las  reliquias  robadas?,  ¿dónde  las  había  escondido?
En  San  José  guardan  objetos  de  Santa  Teresa, como  un  trozo  de  su  capa,  una   jamuga  de montar  a  caballo  de  su  propiedad,  objetos  de  uso  personal,  el  primer  ataúd  donde  estuvo  su cuerpo…Y  precisamente  en  éste  es  dónde  estaban  las  reliquias. Cuando  se  llevaron,  por orden del  Duque  de  Alba,  que  se  había  quejado  a  Roma,  a la santa  de  regreso  a  Alba   de Tormes, el  ataúd  quedó  expuesto  en  la  Sala  Capitular  del Convento  de  San José,  pese  a  estar vacío; circunstancia que  aprovechó  la  priora  para esconder  las  reliquias  robadas.

Parece  que  se  sentía  ninguneada  por  el  hecho  de  que  las  celebraciones  se  centraran  en  Alba de  Tormes  y  diferentes  localizaciones  de  Ávila ,  cuando  ella  consideraba  que  era  San  José  el lugar  más  emblemático  y  representativo  de  la  figura  de  Santa  Teresa,  ya  que  allí  fue  además donde  escribió  la  mayor  parte  de  sus  libros.

La  devoción y  pasión  por  la  fundadora  de  su  orden  es  indiscutible.  Pero  eso  no  justifica  su comportamiento  ilegal.  Pretendía  dar  un  golpe  de  efecto  el  28  de  marzo,  aunque  espero  que  parte  de  esa indulgencia que  solicitó  le  llegue  a  ella  a  través  de  la  justicia  de  los  hombres. Después de  todo,  la soberbia  no  es  una  cualidad  muy  apreciada  en  la  Iglesia  de  la  que  ella forma  parte,  ¿no?
Una  vez  restituidas  las  cosas  a  su  estado  normal,  los  devotos  de  Santa  Teresa  podrán disfrutar  de  las  celebraciones  tal  y  como estaban  pensadas  en  un  inicio.  
Otro  caso  resuelto  satisfactoriamente.
Y  ¿quién  sabe?,  tal  vez  hasta  yo  me  dé  una  vuelta  por  Ávila  en  marzo…
Sara López García