sábado, 28 de marzo de 2015

Detective Estela Rodríguez



                Aunque yo había nacido en Ávila, vivía y trabajaba en Madrid. Era la directora de la empresa de investigación Pista S.A.
Viajaba a Ávila cada vez que podía y conocía a muchas autoridades civiles y eclesiásticas. Por ello me habían elegido para formar parte del Comité Organizador del V Centenario del nacimiento de Santa Teresa.
En el Comité estábamos muy contentos pues nos habían confirmado que el Papa vendría a Ávila a celebrar la Eucaristía el día 28 de marzo; también visitaría Alba de Tormes.
                Nos dijeron que el Papa estaba preparando una sorpresa, pero que no se sabía si se podría realizar. Más adelante nos informarían.
                Esa noche tuve un sueño muy bonito: veía al Papa sobre un púlpito enorme pegado a la muralla, rodeado por muchos Obispos y Cardenales y había muchísimos fieles que seguían la misa. Algo ocurrió que me despertó, era el teléfono que no paraba de sonar. Eran las seis de la mañana del dieciocho de noviembre.
                Me llamaban del Obispado de Ávila y me pedían que fuera allí inmediatamente, que habían robado las reliquias de Santa Teresa de todos los lugares donde las custodiaban.
                Como era la mejor detective de España, me encargaron el caso. Tenía que encontrar las reliquias y detener a los ladrones.
                Compré el periódico en la estación y cogí el tren para Ávila. En el camino leí las noticias; hablaban de Cataluña y de que a la Duquesa de Alba la habían ingresado en un hospital de Sevilla. Pero la noticia más importante era el robo de las reliquias y la pena que sentían todos los cristianos del mundo.
Se habían dado cuenta del robo porque el Papa había preguntado por un relicario con el pie derecho de Santa Teresa que se encontraba en la Iglesia de Santa María della Scala en Roma y cuando fueron a por él no estaba.
La sorpresa que el Papa preparaba era la de juntar todas las reliquias de La Santa para traerlas a Ávila el día del Centenario.
Cuando empezaron a preguntar se dieron cuenta de que también habían robado las otras reliquias: la mandíbula que estaba en Roma, la clavícula del Convento de San José de Ávila, la mano izquierda de Lisboa, el ojo izquierdo y la mano derecha de Ronda, un dedo de la Iglesia de Nuestra Señora de Loreto en París, otro dedo de Sanlúcar de Barrameda… todas habían desaparecido.
También había robado al Superior general de la Orden de los Carmelitas Descalzos las tres llaves que tenía del sepulcro de Santa Teresa.
Este sepulcro se hallaba en la Iglesia de la Asunción de Nuestra Señora en Alba de Tormes. Se abría con diez llaves: las tres que habían robado, tres que se encontraban en esta Iglesia, tres que tenía la Duquesa de Alba y una que era custodiada por el Rey de España.
Como también habían robado el corazón y el brazo de Santa Teresa del Convento de Alba de Tormes, tenía que comprobar si habían abierto el sepulcro y se habían llevado el cuerpo.
Al encontrarme en Ávila, interrogué a las prioras de los conventos de La Encarnación y de San José y llamé por teléfono a Roma para hablar con el Superior general de la  Orden de los Carmelitas Descalzos y con el Director de los Museos Vaticanos, pero ninguno sabía nada.
Todos eran sospechosos pues estaban disgustados porque el cuerpo de La Santa estaba desmembrado. Todos querían tener el cuerpo completo.
Al día siguiente volví a Madrid y fui al Palacio de la Zarzuela, que es donde vive el Rey, y me dieran la llave que tenían.
Cogí el AVE a Sevilla para pedir las llaves que tenía la Duquesa de Alba. Esta había empeorado y la habían llevado al Palacio de Dueñas, que era una de sus casas.
Como la duquesa estaba muy enferma no pude hablar con ella. Sus hijos me dijeron que no podían darme las llaves, que esperase unos días para ver cómo evolucionaba la enfermedad de la duquesa.
Esto me hizo sospechar. Que no pudiera interrogar a la duquesa era normal, pero tampoco les hubiera costado mucho tiempo darme las llaves.
Cuando salía del palacio me encontré con el marido de la duquesa. Le di ánimos y le conté lo de las llaves. A pesar del dolor que sentía, me llevó a una habitación y me entrego un arca diciendo que contenía las llaves, pero que no tenía la combinación que abría su cerradura. Me dijo que preguntase en el Convento de Alba de Tormes, que la priora también conocía la clave para abrir el arca.
A la mañana siguiente me trasladé a Alba de Tormes para interrogar a la priora, preguntarla la clave y examinar el sepulcro.
La priora no quería dame la clave. Ponía escusas diciendo que para qué la quería, que sin las llaves que habían robado no podría abrir el sepulcro. La amenacé con decírselo al Vaticano y me dio la clave, y al abrir el arca… sorpresa ¡Había seis llaves! Tres eran las de la duquesa y las otras tres me imaginé que serían las que habían robado.
Como ya teníamos las diez llaves, abrimos el sepulcro y vimos que el cuerpo de La Santa estaba intacto.
Llamé al Obispado de Ávila y les conté que el contenido del sepulcro estaba completo y que la priora me había puesto muchas pegas para darme la combinación que abría el arca. También les dije que tenía que interrogar a los familiares de la Duquesa de Alba; a ella ya no podía porque había fallecido esa misma mañana. Alguien tenía que explicar cómo las llaves robadas en Roma habían aparecido junto a las de la duquesa dentro del arca.
Desde el Obispado me indicaron que esperase unos días para interrogarlos, había que respetar el luto de la familia.
El sábado 22, todas las emisoras de radio, de televisión y todos los periódicos daban la noticia de un milagro: las reliquias habían aparecido donde estaban antes de ser robadas.
Todos los cristianos del mundo estaban felices y más aún en Ávila, el Papa ya podría hacer lo que tenía planeado.
Me dirigí nuevamente al Obispado de Ávila que eran los que me habían contratado y les dije que aunque las reliquias habían aparecido, el caso no estaba cerrado pues no sabíamos ni quiénes habían efectuado el robo ni para qué lo habían hecho.
Me pusieron al teléfono con alguien que dijeron que era muy importante en la Santa Sede y me explicó el caso. No lo entendí muy bien pues unas veces decía que había sido una especie de “préstamo” y otras que había sido una “toma temporal”, pero que la desaparición de las reliquias no había sido por robo. Me informó de que las reliquias habían acompañado a la Duquesa de Alba en sus últimos momentos; no me indicó si había sido porque ella lo quería dado que era muy religiosa, o por decisión de sus familiares. Me dijo también que como las reliquias ya habían aparecido me olvidara del caso y así nadie saldría perjudicado.
Cerré el caso pero me quedé con las dudas: Si esa era la verdad y fue una casualidad que coincidiera la enfermedad de la duquesa y el deseo del Papa de reunir las reliquias, tendríamos el móvil, pero ¿Quiénes habían sido los autores?
Yo creo que la Duquesa de Alba, sola o junto con el resto de sospechosos que querían el cuerpo de Santa Teresa íntegro, había planeado el robo. Esto explicaría quiénes podrían ser los autores y los motivos del robo, pero ¿Qué pensaban hacer con el cuerpo?
Lo que está claro, porque es histórico, es que en 1585, el cuerpo de Santa Teresa fue traslado, casi en secreto, desde Alba de Tormes al Convento de San José de Ávila y que el duque de Alba, al enterarse, envió sus quejas a Roma y el cuerpo volvió a Alba de Tormes. Con estos traslados el cuerpo de Santa Teresa había perdido ya muchas partes y había sido enterrado tres veces.
Según lo que yo creo, el robo hubiera dado lugar a un cuarto entierro. ¿Habría sido Ávila, cuna de Sta. Teresa, el lugar definitivo de su eterno descanso? Quizás algún día lo sepamos.
 Estela Rodríguez

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